Se escuchan risas en el pabellón de enfermos terminales. Me acerco lentamente por el pasillo hasta llegar a la habitación 106. Demasiada gente, como siempre. Una voz enferma, aunque solemne, protagoniza la escena.
Con delicadeza, me cuelo en la habitación y hago mi trabajo. El paciente, un anciano de mirada jocosa, me tiende la mano. "Gracias por todo, doctor". Esbozo una forzada sonrisa al estudiar esas palabras. Tras medir la tensión del enfermo doy las buenas tardes y me dirijo hacia la puerta. Pensativo, me vuelvo unos instantes. Su mujer, con suavidad y cariño, le perfuma y peina el cabello. Me encuentro con la mirada traviesa del anciano. Este comienza a entonar una canción. Todos aplauden y ríen. Por fín, salgo de la estancia.
Avanzo por el pasillo en dirección a otra habitación. El anciano eleva la voz desafinando levemente. En ese momento rompo a reir, la situación me parece surrealista. Tengo que detenerme y serenar mi comportamineto antes de continuar con otros pacientes. Miro de nuevo hacia la habitación 106.
El paciente se llama Francisco. Lleva veinte años enfermo. Veinte años sobreviviendo de hospital en hospital. Un tipo fuerte. Probablemente, y pese a lo acaecido hace un minuto, no pase de mañana. La morfina actúa rápidamente emborrachando la razón y la lucidez. Quizás esa sea la razón de la serenata. O quizás esa sea la despedida que él ha escogido.
Algo más calmado, me dirigo a la habitación 98. El perfume del anciano de la habitación 106 se diluye en el ambiente dando paso a un olor más agrio. El clamor propio del hospital devuelve verosimilitud a mi conciencia.
Dibujo corazones. Es invierno y hace mucho frío, así puedo recorrer con mi dedo el cristal y dibujar diversas formas. Ayer dibujé a mamá, pero a pesar de estar sentados en el mismo vagón, no consigo encontrar el dibujo. A veces se quedan marcados… Parece que esta vez no hubo suerte.
Mamá parece distante. Casi siempre juega conmigo. En ocasiones nos dibujamos el uno al otro en el cristal, y resulta divertido. Ella mira a un señor sentado al otro extremo del vagón. El señor mira a mamá… Mi dedo se posa de nuevo en el cristal y prosigue su juego.
Me está mirando. No puede ser él. Hace tantos años... Continúo mi lectura tratando de disimular, quitarle importancia, hacer como si nada… Leo un par de renglones y, lentamente, alzo de nuevo la mirada. Sus ojos se clavan en los míos. Ya no sé que pensar. Ni siquiera sé como afrontar esta situación. Ya estamos llegando… En cuanto frene el tren se acabó. ¡Joder! Se ha levantado y se está acercando…
Lentamente, paso a paso, cruzo de un extremo del vagón al otro. Pierdo el equilibrio un par de veces y debo agarrarme a las barras metálicas. Afuera está nevando… Un niño dibuja no se qué en el cristal de la ventana, debe ser su hijo. Me acerco a ella. Está preciosa, igual que como la recordaba. Tengo ganas de besarla, decirla que lo siento, que siento haber sido un estúpido toda mi vida y que me perdone. Soy un cobarde y un estúpido. Me tiemblan las manos y la voz. No soy capaz de articular palabra. Ella me mira. Los dos me miran. El tren pierde velocidad y va frenando. Ella coge la mano de su hijo y le lleva hacia la puerta. Mi corazón bombea frenéticamente. Mis ojos no quieren despegarse de ellos dos. “Si les pierdo ahora me muero.” El tren se detiene y las puertas se abren. ¡Joder! Ten valor viejo y díselo, dila que la quieres y que solo eres un viejo estúpido. La gente comienza a salir. Ella avanza un par de pasos.
El tren se detiene al llegar a la estación. De él salen cantidad de viajeros, hombres, mujeres y niños, pero ni rastro de ninguno de los personajes de nuestro relato. El tren se pone de nuevo en funcionamiento y, lentamente, se pierde en la lejanía.
Suena la campana. Todos los niños se levantan de sus sillas rápidamente y, como alma que lleva el diablo, se amontonan y empujan los unos a los otros para salir antes de clase. Yo me quedo un poco más, observando todo ese atropello. Tras unos segundos esperando, me levanto. La profesora, una mujer joven de unos 26 años, me dirige una mirada cariñosa, con la que respondo con otra. Salgo de clase.
Una vez en el patio, saco del bolsillo del abrigo un bocadillo de mortadela que mi madre me ha preparado cariñosamente. Lo saco del envoltorio y comienzo a masticar.
Una niña se me acerca. Se llama Laura. Es buena chica, o al menos eso me parece, porque conmigo se porta bastante bien. Alguna vez intercambiamos comida que nuestra madre nos mete en el bolsillo del abrigo. A mi me gusta y yo también la gusto. Eso me basta. Nos sentamos en las escaleras del porche. Me pregunta que si no juego al balón con los otros niños, con lo que respondo que no me gusta. Me pregunta que por qué no me gusta, con lo que respondo que no me gusta porque se me da mal jugar con la pelota, y se meten conmigo. Me da un beso en la mejilla, mete las manos en los bolsillos y de uno de ellos saca un par de galletas. Sin mirarme a los ojos me las tiende para que las coja. Mis manos obedecen. Ella se levanta sin más y desaparece de mi vida.
Termino el bocadillo y las galletas. Me levanto y me dirijo a un grupo de niños que andan jugando con no se qué. Hay dos grupos, y se gritan los unos a los otros, menos un niño regordete, que grita a ambos por igual. Parece que uno a hecho trampas y otro lo acusa. El resto de niños solo hace ruido. El niño regordete, que por lo visto se sabe las normas al dedillo, trata de imponer su criterio. Nadie me hace caso, pero me da igual. Alguien saca algo del bolsillo y lo deja en el suelo. Parecen chapas… ¡Sí! Son chapas, las míticas chapas que papá me regala al terminar de trabajar. Los señores se van y antes de irnos para casa reúne unas cuantas y me las entrega. A mi me gustan mucho, sobre todo cuando en el reverso aparecen mis jugadores de fútbol favoritos. El niño gordo da la señal y ambos colocan sus chapas ante una línea que alguien ha marcado con el dedo. El niño gordo grita y todos gritan como idiotas. Dos niños arrastran sus rodillas por el suelo mientras cada uno golpea con la uña su chapa correspondiente. Alguien lanza un grito bien fuerte. Ese alguien se levanta triunfante y dirige al grupo una mirada rebosante de soberbia. Ese niño es tonto y se las da siempre de listo, pero me encantan sus chapas. Además, casi siempre gana, y ya tiene una colección muy bonita. Yo también tengo muchas, porque papá se tira todo el día trabajando para conseguirlas, pero son casi todas repetidas y no tan bonitas.
Echo las manos a los bolsillos. Creo que había alguna por aquí… ¡Si! Tres chapas… Son estupendas… No se si jugar. Nadie del grupo de niños ruidoso se atreve, y el niño tonto se va a llevar todas las chapas a su casa. No quiero perder… Pero, ¿Y si ganase? Sería estupendo llegar a casa con todas esas chapas, y decirle a papá que ya no tiene que trabajar más, que ya tengo chapas de sobra…
A empujones, me abro entre el grupo de niños ruidosos. El niño tonto me mira desafiante y me pregunta que qué coño me pasa, que si llevo esa cara de tonto todo el día o qué. Abro la mano y le muestro mis chapas. Comienza el juego.